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Francisco, el padre Jorge (Beda Docampo Feijóo, Argentina/España, 2015)

Martes 13 de octubre de 2015, por SIGNIS

Madrid/Bruselas, 13 de octubre de 2015 (Juan Orellana/Alfa & Omega/SIGNIS) Llegó a las pantallas la primera película de ficción sobre la vida de Jorge Bergoglio, un emotivo biopic coproducido entre España y Argentina, y basado en Francisco, vida y revolución, la biografía escrita por la vaticanista Elisabetta Piqué, del diario La Nación, de Buenos Aires.

La virtud de un cuadro impresionista es que a través de un conjunto de breves pinceladas nos ofrece una visión rica y compleja de la realidad. Cuando leí el guión de Francisco, el padre Jorge, tuve miedo de que la película se pudiera quedar en esas pinceladas sueltas y dispares, y que no llegara a componer un cuadro completo, integrado y coherente. Pues bien, a la vista de los resultados es obvio que el miedo era infundado. El inteligente y muy personal director Beda do Campo ha sabido tejer un retrato de Jorge Bergoglio que, a pesar de ser necesariamente incompleto –como cualquier retrato–, sugiere un racimo de claves interesantes e imprescindibles para entender la identidad del Papa Francisco. Un retrato pintado con pinceles de humor, de poesía, de intriga, de drama…, y en ciertos momentos también de melodrama. Sobre todo, es un tapiz construido con mimbres muy humanos.

Francisco, el padre Jorge no es una película de autor, al estilo de Francesco de Liliana Cavani o el Evangelio de Pasolini. Es una película transparente que evita las dobles lecturas o las encriptadas polémicas para expertos. No hay doblez ni en el guión, ni en la puesta en escena, ni en la interpretación de los actores. Es diáfana e inmediata, sin segundas intenciones. Darío Grandinetti, que a priori no recuerda mucho a Jorge Bergoglio físicamente, es creíble de cabo a rabo, y el espectador acaba confiando en su personaje.

Por su parte, la periodista que interpreta Silvia Abascal nos representa a todos, con nuestros dramas cotidianos, con las fatigas de cada día, y con el deseo de un cumplimiento bueno de la vida. Entre estos dos polos –el de una mujer que camina sobre la cuerda floja de su anhelo y el de un hombre que vive de la certeza de la fe– se articulan las tramas que van trazando el boceto de un cristiano cabal, nada sofisticado, que llama al pan, pan y al vino, vino, devoto de la Virgen, compañero de camino de los pobres, consolador de los pecadores, poco amigo del poder y debelador de injusticias: el padre Jorge, « el más porteño entre los porteños ». El filme no evita mirar las lacras de nuestro presente: el aborto, la droga, la corrupción, la explotación de inmigrantes; incluso es cruel con ese periodismo sabelotodo tan frecuente, e ironiza con las posiciones radicales de cualquier signo.

No estamos ante una película ideológica. Se agradece a Beda Docampo la mirada que ofrece sobre Benedicto XVI, y el no sucumbir a los tópicos que se suelen ventilar en las películas sobre la Iglesia. Hay algún detalle suelto que no responde del todo a la realidad de la Iglesia, pero es algo casi anecdótico y no ensombrece los aciertos de la película.

Formalmente la cinta es pulcra, medida, mimada y juega muy bien con el tiempo narrativo, con ese cruce de pasados y presentes de sabor tan contemporáneo. Su puesta en escena es elegante y exprime al máximo sus posibilidades de producción. A muchos esnobs de lecturas de moda les puede parecer poco cool decir que la película «es bonita». Pues lo siento por ellos, porque es una película bonita, es decir, es lo que la mayoría buscamos cuando vamos al cine. Y añadamos que no andamos sobrados de películas así.

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