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Espejo o espejismo en la televisión peruana

Lunes 8 de febrero de 2016, por SIGNIS

Bruselas, 8 de febrero de 2016 (Alejandro Hernández).- Los últimos años, dos de los programas con más audiencia en la televisión peruana: “Combate” y “Esto es guerra” han ido fortaleciendo los estereotipos sexistas y racistas en la televisión peruana. En el 2012, un estudio de CONCORTV reveló que niños y adolescentes entre 7 y 16 años de edad admiran a los personajes de realities, 50% de los encuestados a “Esto es guerra” y 29 % a “Combate”.

El formato de estas dos series es simple, muy simple, dos equipos “enemigos” luchan a través de diferentes pruebas. ¿Para qué? Para ganar más que el dinero: la fama. Lo que ocurre luego, es producto de un buen marketing: peleas, “ampays” (cámaras escondidas), líos, chismes, etc. Es decir, los elementos típicos que han asaltado no sólo la televisión peruana sino también a la televisión latinoamericana de los últimos años.

Todo es válido para llamar la atención del público. Estos programillas utilizan una fórmula que ha funcionado siempre en la teleaudiencia: fortalecer estereotipos y/o a apelar a la sensiblería. Los concursantes son todos blancos, europeos, fuertes, esbeltos, bellos, ricos. Es un culto perfecto que elogia patrones occidentales. Ya se ha llegado al colmo de contratar exclusivamente a extranjeros (Españoles). Lo que mira la audiencia joven es un espejismo y no un espejo de su propia realidad. Los espejismos son literalmente fantasías, imágenes en nuestro cerebro para evadir la realidad. ¿Pero es tan doloroso ver la realidad, verse a uno mismo, verse en un espejo? Al parecer sí, pues lo que proponen estos dos programas es que para ser felices hay que ser blancos, bellos, ricos y esbeltos y en Perú solo algunos tienen este perfil (Atención: la inteligencia no cuenta).

En un artículo de infolatam en el 2014 se señala a Perú como a uno de uno de los países en Latinoamérica que cuenta con mayor número de indígenas, con 7 millones. Le sigue Bolivia (6,2), Guatemala (5,8), Chile (1,8), Colombia (1,5), así como Ecuador, Argentina y Brasil, cuya población indígena se sitúa alrededor del millón de personas. En un país como Perú con 31 millones de habitantes, siete millones es una cantidad nada despreciable. El punto es que buena parte de la población no tiene un referente en la televisión, el peruano autóctono no se “encuentra” en la televisión.

La juventud peruana es en este momento víctima de la avalancha de información sobre estos programas. Los medios escritos como El Comercio o La República, dos de los más reconocidos periódicos peruanos, no se casan de transmitir noticias sobre estos programas y sus actores. Por estos diarios “serios” conocemos informaciones tan banales como si aquella actriz se peleó con su novio, o si se fue de vacaciones o si camina sin maquillaje. Los medios de comunicación peruanos se han puesto ordenadamente en fila como espejos para reflejar y repetir una imagen mediocre: la del éxito. En un artículo de la República del año pasado, se afirma que existe una espectaculización de la vida privada en estos programas pues “el éxito de estos programas radica en exponer la vida privada de sus integrantes. Detrás de cámaras se crean estratégicamente los dramas de amor, las escenas de celos”. Existe una trivialización de las relaciones.

Alfredo Ardito Vega, profesor de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), afirma que “la televisión peruana, en sus programas y en la publicidad invisibiliza a los sectores tradicionalmente discriminados (afroperuanos, indígenas, adultos mayores, personas con discapacidad, población LGBT, peruanos no limeños). De esta forma, la belleza, el éxito económico y la felicidad familiar aparecen vinculadas exclusivamente a personas de rasgos europeos, jóvenes que viven en Lima, heterosexuales y sin limitaciones físicas”.

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