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La Iglesia en América Latina opta por la comunicación: el Documento de Aparecida
La Habana, 19 de noviembre 2007 (Gustavo Andújar) - La V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe se reunió en Aparecida, Brasil, entre el 13 y el 31 de mayo de 2007. Junto al majestuoso santuario, dedicado a la más popular advocación mariana en Brasil, un total de 266 participantes, 162 de ellos los Obispos miembros de la Conferencia, 81 invitados, 8 observadores y 15 peritos, se encontraron para reflexionar sobre el presente, y sobre todo el futuro de la Iglesia en el continente que Juan Pablo II llamó "de la esperanza", bajo el lema "Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida".
Quince años habían transcurrido ya desde la IV Conferencia, celebrada en Santo Domingo, República Dominicana. Durante ese tiempo ocurrieron grandes cambios en el panorama mundial y latinoamericano, tanto en el aspecto social, económico y político como en el religioso, que reclaman una respuesta de la Iglesia, empeñada en llevar su anuncio a todos con estricta fidelidad al mensaje recibido pero con la mayor inteligibilidad para el hombre de hoy.
El resultado de esa reflexión de los Obispos latinoamericanos ha quedado plasmado en un documento amplio y abarcador, que muchos afirman que ha sido concebido y escrito en clave de comunicación. Superado ya aquel enfoque instrumental de la comunicación que llevaba a destacar únicamente la necesidad de una mayor utilización de los medios como potente herramienta de la evangelización - sin que ello signifique que se renuncie a crecer también en esa dimensión-, el Documento de Aparecida describe la vocación evangelizadora de la Iglesia afirmando que ella aspira a “Vivir y comunicar la vida nueva en Cristo a nuestros pueblos”, expresión que titula uno de los capítulos de la Tercera Parte. En uno de sus párrafos (353) esta idea se expone aún más claramente, partiendo del ejemplo del Señor mismo: “Jesús, el Buen Pastor, quiere comunicarnos su vida y ponerse al servicio de la vida”.
Esta referencia a Jesús como Buen Pastor - que “da la vida por sus ovejas” (Jn 10, 11) - destaca una concepción de la comunicación que va mucho más allá de las definiciones académicas: Jesús se comunica en plenitud, entregando su vida. Para comunicarnos su vida, y ponerse al servicio de la vida, da la suya generosamente. Así concebida, sólo la comunicación abre el camino a la comunión plena con el hermano, esencia misma y condición sine qua non de la realidad eclesial. Donde no hay comunión no puede haber Iglesia. Ella es el distintivo de los discípulos de Jesús. “La vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión”. (N. 156).
Queda así íntimamente relacionado y como interconectado en el documento todo lo referido a evangelización y comunicación: ésta se da para aquella, y aquella sólo es posible cuando se produce mediante ésta, entendida del modo personal y pleno antes descrito.
Todas las cuestiones cardinales de la comunicación en la actualidad están presentes en el Documento de Aparecida: el creciente impacto de la implantación de una sociedad de la información, y el efecto globalizador de las nuevas tecnologías de información y comunicación.
Resalta el Documento las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías de información y comunicación, en particular para el intercambio de experiencias e información, también en el campo religioso. Se constata el gran número de medios de comunicación de que dispone la Iglesia, destacando lo que estos pueden significar en términos de una incidencia positiva en la cultura actual. El nuevo entorno global plantea el reto de promover la globalización de la solidaridad, en la línea de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, como vía para alcanzar una verdadera justicia internacional (Cap. 8.5).
Reseña también el Documento los riesgos que plantea el crecientemente intercomunicado entorno en que vivimos, entre ellos el exceso de información, que puede conducir a una acumulación de datos sin sentido: “...También se ha hecho difícil percibir la unidad de todos los fragmentos dispersos que resultan de la información que recolectamos” (N. 36). “...Lejos de llenar el vacío que en nuestra conciencia se produce por una falta de sentido unitario de la vida, en muchas ocasiones, la información transmitida por los medios sólo nos distrae. La falta de información sólo se subsana con más información, retroalimentando la ansiedad de quien percibe que está en un mundo opaco y que no comprende” (N. 38). Luego de alertar sobre la invasión por los medios de todos los espacios, hasta la intimidad del hogar, pasa a constatar con tristeza que las personas buscan “...denodadamente una experiencia de sentido que llene las exigencias de su vocación, allí donde nunca podrán encontrarla” (N. 39), y denuncia la imposición de la eficacia, la rentabilidad y la funcionalidad como únicos criterios válidos, marginando la dignidad de la persona humana (N. 45).
Todo el Capítulo 10.3 (Ns. 484 a 490) está dedicado a una Pastoral de la Comunicación Social, cuyo renovado enfoque y lenguaje no insiste tanto en los medios como tales, sino en la actual cultura de la comunicación que constituye el entorno en que se desarrolla la Pastoral, con gran destaque para el rol del laicado.
Particularmente lúcida es, por último, la apelación del Documento a hacer presentes los valores de la Fe en medio de los “nuevos areópagos” de la cultura actual (Cap. 10.4): “Evangelizar la cultura, lejos de abandonar la opción preferencial por los pobres y el compromiso con la realidad, nace del amor apasionado a Cristo, que acompaña al Pueblo de Dios en la misión de inculturar el Evangelio en la historia, ardiente e infatigable en su caridad samaritana” (N. 491). “Es necesario comunicar los valores evangélicos de manera positiva y propositiva. Son muchos los que se dicen descontentos, no tanto con el contenido de la doctrina de la Iglesia, como con la forma como ésta es presentada” (N. 497).
El Documento de Aparecida se nos presenta ya, cuando apenas comenzamos a penetrar su rico contenido doctrinal, como valioso referente en el trabajo de los comunicadores católicos, e insustituible guía y fuente de inspiración cara a la gran misión continental a que nos ha convocado la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano.




