Broker, último filme del maestro japonés Hirokazu Kore-Eda, tuvo su estreno mundial en la competición por la Palma de Oro de la 75 edición del Festival de Cannes, certamen donde su protagonista Song Kang-ho se alzó con el premio de la mejor actuación masculina, al tiempo que el filme conquistaba el Premio del Jurado Ecuménico. Rodado íntegramente en Corea del Sur, Broker puede verse como un regreso a temas y personajes especialmente cercanos al director, dígase las familias no convencionales, así como los dilemas éticos y legales derivados de la marginación a que estas se ven sometidas, con niños y adolescentes como figuras centrales de sus conmovedoras historias de vida.  

En Broker es un bebé (Woo-sung), a quien su joven madre So-young abandona en una noche lluviosa, depositándolo en una caja a la entrada de una iglesia. Allí, niños como él son recogidos y atendidos hasta entregarlos en adopción o, en el peor de los casos, enviarlos a un orfanato. Poco después, Sang-hyun y Dong-soo, dos individuos que se dedican a rescatar bebés en semejante trance y encontrarles padres adoptivos, se hacen cargo secretamente del chico. Si se tratara solamente de dos samaritanos, todo quedaría ahí. Pero ocurre que ellos cobran el servicio a los futuros padres de la criatura. Y desde semejante perspectiva, su labor de intermediarios (en inglés broker, título del filme) que usurpan el rol normalmente desempeñado por la iglesia de acogida, clasifica en buena ley como tráfico humano y, desde luego, es un delito punible. De ahí que, para terciar en la historia, ambos se encuentren bajo estrecha vigilancia de las agentes Su-jin y Lee, quienes esperan sorprenderlos in fraganti al momento de la eventual transacción.

Ocurre, sin embargo, que nada es tan simple como parece. La madre se halla en una situación desesperada y ha decidido dejar a Woo-sung en manos de una institución benefactora. Quizá quiera evitarle el estigma de una madre prostituta, como sabremos más adelante, que además acaba de asesinar al padre del bebé, un gánster, por lo que de hecho es también reo de la justicia. Asimismo, ni Sang-hyun ni Dong-soo son tales traficantes sensu stricto, aunque su posición resulta más ambigua dado que perciben un ingreso económico a cambio del servicio que prestan, facilitar la adopción de bebés a parejas interesadas. En su descargo, cabría añadir a lo loable de su misión el hecho de que Sang-hyun es dueño de una lavandería, pero vive abrumado por las deudas, por lo que los ingresos a cuenta de asegurar una vida en familia a los infantes representan un posible alivio a sus apuros en el orden financiero. Sang-hyun, además, es un animal solitario; tiene una hija que vive en otra ciudad con su madre, y que cuando lo visita, es para anunciarle que no volverán a verse por decisión de aquella. Dong-soo, por otra parte, vivió en un orfanato como hijo abandonado; de manera que su interés en evitar a otros niños un futuro parecido es del todo comprensible. En ambos hay una orfandad afectiva de base que al menos en parte explicaría su proceder, más allá de cuanto hubiera de objetable en el procedimiento.  

El cuadro se complica cuando la madre, arrepentida, regresa inesperadamente al día siguiente para reclamar a Woo-sung. Tras sincerarse con ella y ofrecerle una parte de la hipotética recompensa por la adopción del chico, todos salen en busca del mejor postor, en un viaje que ocupa la mayor parte del metraje y cambiará gradualmente la visión que de ellos tienen Su-jin y Lee, quienes los siguen a lo largo del trayecto y se las arreglan para ganarse la complicidad de So-young, con lo cual crecerá su cercanía (y empatía) hacia el grupo. Al punto que quien al inicio había juzgado severamente a la joven madre ("No tengas un hijo si vas a abandonarlo", comenta Lee) y a dos hombres que considera un par de delincuentes inescrupulosos, termina simpatizando con ese singular grupo, unido por una misteriosa vocación de servicio, que involuntariamente ha congregado el pequeño Woo-sung en torno suyo. Con el paso del tiempo, ese grupo adquiere el aspecto de una familia (como sugiere en algún momento Dong-soo) en que tres adultos y un chico construyen, desde la convivencia mutua y la responsabilidad asumida en el destino del bebé, un entorno familiar hasta entonces ausente en sus vidas. En ello desempeña un papel clave el pequeño Hae-jin, un chico escapado de un orfanato que se incorpora al grupo en algún momento del trayecto. En su condición de hijo no deseado y su anhelo de un verdadero hogar, Hae-jin no solo refiere al pasado de Dong-soo, sino a un posible futuro para Woo-sung, de no mediar la providencial intervención de los dos hombres. Hae-jin, como Woo-song, aparecen como figuras salvadoras que ofrecen a los adultos la oportunidad de redimir sus faltas, de ejercer su humanidad a través del arrepentimiento y la compasión. Y a ello asisten, desde la posición de espectadores que les otorga su acceso a la intimidad de los viajeros, las agentes de la policía que vigilan cada uno de sus pasos, a quienes podría identificarse con la propia sociedad que juzga a aquellos según las apariencias y los estereotipos negativos construidos a partir de estas.

El viaje, donde abundan los toques de humor que alivian la tensión dramática, y una disposición de espíritu abierta y optimista que sirve de contrapeso a las confesiones más dolorosas, deviene una imprevisible road movie cuyos personajes se movilizan con especial devoción en torno a un objetivo, la felicidad de un inocente, y a lo largo del cual negocian sus propias angustias, carencias y expectativas en torno a tópicos como maternidad, paternidad o familia, al tiempo que su conducta es examinada paso a paso por una autoridad que se hace cómplice del espectador. Elegante y concisa en la narración, luminosa en su ejecución, Broker hace gala de un clasicismo a ultranza, en la mejor tradición de un Ozu, con quien más de una vez se ha comparado al director.

El cine de Kore-Eda, el que lo ha hecho famoso como uno de los grandes humanistas del cine contemporáneo, llama la atención por la solicitud y comprensión que demuestra hacia individuos marginados, sus problemáticas, y la visión, a menudo prejuiciada, que desde el resto de la sociedad se tiene de ellos. Broker es una película paradigmática en este sentido. A primera vista cuenta la historia de un hijo supuestamente no deseado sobre el que convergen los intereses contrapuestos de la autoridad, su familia biológica y quienes en apariencia solo buscan lucrar a costa de su condición vulnerable. En su decursar, sin embargo, demuestra que las premisas sostenidas por esa autoridad pueden estar erradas; que son las sólidas relaciones afectivas entre sus miembros, y no los lazos de sangre, las que en primera instancia definen la noción de familia; que nuestras propias carencias, en tanto humanos, nos dejan siempre huérfanos de algo o de alguien, y ello implica una tendencia espontánea, en sentido inverso, a compensarlas mediante actos de amor hacia nuestros semejantes, a menudo mal comprendidos. Broker puede interpretarse como la respuesta al comentario de la detective Lee citado al principio. Esto es, el derecho a la vida es sagrado, y este filme, como ha dicho su director, es una oración dedicada a esos niños "que luchan por vivir a pesar de quienes sostienen que no debieron nacer".