Pier Paolo (con los nombres de los dos grandes apóstoles, Pedro y Pablo), nace en Bolonia, el 5 de marzo de 1922, hijo de un teniente del ejército y de una maestra de primaria. El joven Pasolini estudia Literatura en la Universidad de Bolonia e inicia ahí sus primeros trabajos literarios. Pronto, el jovencito deja la religión formal y burguesa de su padre, y se nutre de la religiosidad natural y sencilla de su madre Susana, que le educa en el amor a la tierra y a las personas, en la bondad y en la generosidad del corazón, valores que Pier Paolo encauza en su amor preferencial por la gente del campo y de los suburbios, por los pobres y los marginados.

Un joven Pasolini, de 25 años de edad, colabora con Federico Fellini para escribir los hermosos diálogos de Las noches de Cabiria (1957). Este acercamiento a un maestro del neorrealismo, llevaría a Pasolini a incursionar en el cine. En sus primeras películas, Accatone (1961) y Mamma Roma (1962), nuestro cineasta hace un retrato desesperanzado de una sociedad en que los pobres vagan por las calles de Roma, sin trabajo y sin comida, orillados a ser delincuentes, proxenetas y prostitutas, quizás sostenidos solamente por las manos de Dios.

En una visita a Asís, Pasolini quedó seducido por la pureza y la fuerza del Evangelio según San Mateo, que le habían dejado para leer, en la mesita junto a su cama, y decidió pasarlo a imágenes, sin ninguna glosa ni otro guion que el mismo texto bíblico. Le escribe entonces a un amigo católico: “Yo no creo en Cristo como el hijo de Dios, porque no soy creyente -por lo menos no conscientemente-. Pero yo creo que Cristo es divino. Yo creo que Es; que en Él la humanidad es tan amable y tan ideal que sobrepasa los límites comunes de un ser humano”.

La película El Evangelio según San Mateo se rodó en la primavera de 1964, en el sur italiano –Sicilia, Calabria, Basilicata-, con gente del pueblo representando a los personajes, un estudiante comunista catalán como Jesús, y la propia madre del cineasta como la Virgen María. Ya concluida la obra, Pasolini la dedicó “a la querida y feliz memoria familiar de Juan XXIII”, recién fallecido, justo en medio del Concilio Vaticano II. Irónicamente, el “ateo” y “marxista” Pasolini se expresó a sí mismo a través de la religión, del Evangelio, en un esfuerzo por volver a las raíces del cristianismo, a las primeras comunidades pobres de pescadores y agricultores de Palestina. Son los pobres el centro de su mirada poética y cinematográfica, pero sobre todo la figura austera, profética y entregada de Jesús el Mesías. La obra de Pier Paolo Pasolini, El Evangelio según San Mateo es "probablemente el mejor filme sobre Jesús rodado nunca", según la valoración del Osservatore Romano, el diario oficial del Vaticano, en una nota publicada en julio de 2014, en los 50 años del estreno.

En Pajaritos y pajarracos (1966), en un tono de fábula y de comedia irónica y exagerada, Pasolini propone una desencantada reflexión acerca de la muerte del marxismo y de las ideologías, pero también del fracaso de la Iglesia institucional; una palabra acerca de la bella y utópica esperanza del triunfo de los humildes, y de la llegada del reino de los pobres y los parias. Sin confesarse cristiano, el cineasta apuesta por una vuelta a los orígenes, al mensaje de Jesús.

En sus siguientes películas, Pasolini deja las calles italianas y retoma y adapta dos tragedias griegas clásicas: Edipo Rey, de Sófocles, y Medea, de Eurípides. Pero las preocupaciones del director siguen vivas: el mundo rural primigenio se ha derrumbado en aras de una modernidad avanzada e industrial, pero inhumana. Somos víctimas de un ‘destino’ que nos arrastra y nos empuja hacia el abismo sin que sepamos qué hacer.

En 1968, nuestro autor filma una de las películas más interesantes, importantes y revolucionarias en la historia del cine: Teorema. En ella, una familia de clase alta recibe en su casa, en Milán, la visita de un extraño y apuesto joven que llega a pasar unos días con ellos. Es como un ángel de Yahvé, es la visita de Dios, que los toca, les habla, los seduce, los convulsiona. Un misterioso ser que entra en sus vidas para conocer qué hay en cada uno, cada una, con toda la connotación íntima y sexual que implica el verbo “conocer” en los textos bíblicos. La familia la componen padre y madre, un hijo, una hija y la criada.

Cuando el visitante los deja, cada persona entra en un estado de confusión y de revelación de su vacío existencial, y sus vidas ya no pueden seguir igual. La madre y los dos hijos quedan desquiciados en sus respuestas, el padre se despoja de todas sus pertenencias y se va al desierto, la sirvienta regresa dignamente a su pueblo, a sus orígenes, y es venerada como alguien tocada por Dios, cuyas lágrimas pueden traer vida nueva o quizás sólo alienación. Ver Teorema impresiona por la poética de la imagen, del discurso, de los símbolos, del erotismo y de lo divino, que hay en ella. Creo que ningún espectador queda igual al verla. Nuestro autor inicia la década de los años setenta con la llamada “Trilogía de la vida”: El Decamerón (1970), Los cuentos de Canterbury (1972), Las Mil y una Noches (1974). Pasolini deja a un lado la realidad social italiana y retoma historias clásicas de la literatura, para presentar su visión de los deseos primarios del ser humano y una exaltación de la vida y la sexualidad, con un estilo que desborda contemplación, imaginación, sensibilidad artística, gozo, deleite, sana irreverencia. Pier Paolo solía decir: “La marca que ha dominado toda mi obra es el anhelo de la vida. Y la sensación de exclusión no disminuye sino que aumenta el amor a la vida”. Ese es el sentimiento que impregna la Trilogía.

Pasolini pensó seguir con la “trilogía de la muerte”, que inicia con Saló o los 120 días de Sodoma (1975). Poco después de concluir esta película, Pier Paolo Pasolini fue asesinado en la forma más cruel y violenta, la madrugada del 2 de noviembre de 1975, en Ostia, playa cercana a Roma. Los motivos del crimen aún siguen oscuros y seguramente nunca se sabrán. Pero la trayectoria del cineasta, pensador, ensayista, poeta, da para decir que su crítica a las instituciones y al poder, su espíritu libre y sin concesiones, su provocación a todos para buscar una vida más auténtica y humana, se confabularon para matarlo, como tantas veces en la historia se intenta callar y eliminar la verdad y la libertad.

Pier Paolo Pasolini fue siempre un hombre honesto, libre, insobornable. Un hombre de su época y contra su época; una voz profética que nunca lograban acallar los poderosos, hasta que desesperados lo asesinaron , y quisieron ensuciar su alma con un invento de motivos y falsedades que sólo hicieron lucir más la verdad que él siempre pregonó. Un hombre hondamente religioso y admirador de Jesús de Nazaret, pero ateo y crítico de la religión católica y de su alianza con los poderes; un profeta en solitario en contra de una sociedad del consumo, de la superficialidad y la apariencia, en contra de todas las perversiones del poder y del dinero.

En una entrevista a la televisión, en 1971, había dicho: “Mi mirada hacia las cosas del mundo no es una mirada natural; las veo siempre como milagros. Es una mirada religiosa”. Y yo diría, porque es una mirada que nos religa con lo más auténtico del ser humano: con sus anhelos de verdad, bondad y belleza, y en contra de toda mentira, hipocresía, dominación. La invitación es a ver de nuevo su cine y a conectarnos con esa mirada.

 

Luis García Orso, S.J.

México, 9 de mayo 2022