(de Ryûsuke Hamaguchi. Japón, 2020, 2h59. Con Hidetoshi Nishijima, Masaki Okada, Reika Kirishima, Tôko Miura. Festival de Cannes 2021, Premio del jurado ecuménico)

 

23 de julio 2021 (Mariángeles Almacellas) - Yusuke Kafuku, actor y director de teatro, está profundamente herido por un drama personal que ha hecho tambalear su vida. Sin embargo, acepta montar la obra Tío Vania de Anton Pavlovich Chejov, para un festival de Hiroshima. Allí, le asignan como chófer a Misaki, una joven reservada y silenciosa, muy eficaz en su trabajo y que, a pesar de sus pocos años, lleva oculta en el alma una profunda herida que no deja de supurar remordimientos.

 

A medida que pasan los días, tantas horas compartiendo el limitado espacio de su viejo coche rojo, va gestándose entre ellos un clima de confianza. Brotan los recuerdos y, casi imperceptiblemente, ambos se ven enfrentados a sus respectivos fantasmas del pasado.

 

 

Es una película coral, que avanza en diversas capas narrativas que van surgiendo, una tras otra, trenzando entre todas ellas una historia de gran belleza, con una profundidad poética que deleita y conmueve, al mismo tiempo que invita a la reflexión sobre la fuerza liberadora de asumir las culpas y aprender a perdonarse.

 

El primer eslabón de la cadena de subtramas es la inquietante historia de amor y dolor de Yusuke Kafuku y su esposa, que se dedica a escribir para la televisión. Su matrimonio es muy sólido y juntos han podido superar la inmensa pena de una pérdida desgarradora. En los momentos de su intimidad matrimonial, ella relata a su marido los guiones que va creando en su imaginación, inspirados en las experiencias de sus propias infidelidades.

 

El siguiente apartado de la trama lo constituyen los ensayos para la representación multilingüe de Tío Vania, cuyo protagonista se acerca a Kafuku, lleno de admiración y pesadumbre por su pasado inconfesable.

 

La silenciosa conductora acaba por dejar fluir el sentido de culpa que no le deja reposo, mientras recuerda su triste experiencia familiar.

 

 

Como fundamento e hilo conductor de todos los relatos, la callada relación entre Yusuke y Misaki, y su proceso amargo pero lenitivo, de abrir las viejas llagas y dejar que se limpien al buen aire de la amistad y el perdón.

 

A lo largo de todo el filme, Ryûsuke Hamaguchi utiliza la obra de Chejov como un espejo en el que se reflejan las vicisitudes de cada uno de los personajes. Cine y teatro se superponen para dejar al descubierto diversas inquietudes del corazón humano, y aludir a la presencia de los muertos junto a los vivos, como un hálito suave de recuerdos que mueven al replanteamiento mental de lo vivido.

 

Con largos planos e imágenes de una gran belleza y rasgos tristes de melancolía, se va mostrando cómo los personajes configuran, o más bien intentan «reconfiguran» el amor de pareja o el amor filial a través de las huellas de la memoria. Toda la trama incide permanentemente en el sentido de culpa y la imposibilidad de sentirse perdonado.

 

Aparece también el valor de la palabra y de los silencios; lo que se dijo, reforzado en la caja de resonancia de un silencio pleno de sentido, y lo que hubiera debido decirse y fue ahogado en un silencio absurdo.

 

Para el monólogo final de Sonia, en la obra Tío Vania, la pantalla queda en silencio mientras la palabra sigue con el lenguaje de los gestos de una actriz sordomuda. Es la escena más conmovedora de la película, que sintetiza la aflicción de cada uno, la melancolía por lo que ya no tiene remedio, pero lo abre a la Trascendencia, con una luz de esperanza que da sentido a la vida, a la culpa y al sufrimiento: «¡Cuando llegue nuestra hora, moriremos sumisos, y allí, al otro lado de la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado, que hemos padecido amargura!... ¡Dios se apiadará de nosotros, y entonces, tío..., querido tío..., conoceremos una vida maravillosa..., clara..., fina!».

 

El Jurado Ecuménico premió la película por su reflexión poética sobre el poder curativo del arte y las palabras a través de un largo viaje hacia el perdón y la aceptación. Esta es una película que retrata sólidamente un mensaje universal de superar las barreras de comunicación, de las convenciones sociales, la clase, la nacionalidad y la discapacidad.

 

 

Mariángeles Almacellas